Mi primera sesión

“Claro, no fue instantáneo, me tomó algo de tiempo procesarlo con todo mi ser, pero cuando llegué a ese “Ajá!”, cada palabra de la conversación con ella tuvo sentido para mi …”

fogata dos personas

Hay momentos en los que la vida nos pone en situaciones en las cuales, a pesar de tener la fortaleza para enfrentarlas se hace necesario pedir ayuda. Hay momentos en los que creemos que no necesitamos ayuda y la vida nos pone en el camino situaciones que, nos hacen estar mejor y pensar ahora tengo más fortaleza para enfrentarme a lo que venga.

Era la primera vez que iba una sesión que formaba parte de un proceso; en mi rol de psicóloga no había ido a terapia formal, solo a sesiones aisladas de diferentes actividades o a talleres con objetivos muy específicos orientados por lo que yo creía que necesitaba. En este momento estaba llena de expectativas, tenía una mezcla de emociones, algo así como en una cita a ciegas, sin cena, besos, ni romanticismo.

Mi primera sesión de coaching, la hice como parte del proceso de certificación para yo poder convertirme en coach; y como hacía poco tiempo habíamos comenzado la formación, creía tener algo de conocimiento técnico que me podía indicar lo que pasaría. Imaginaba varios tipos de conversación, contar la historia de mi vida, un paso a paso para resolver mis problemas o algo así como un viaje interior muy profundo… de hecho había construido un listado mental con los problemas que posiblemente solucionaría en esa sesión.

Me senté muy formal, con mi cuerpo rígido, aunque algo inquieta por lo que vendría, comenzamos a conversar y traté de estructurar de qué forma daría mis respuestas para llenar mi check list mental. Su atención estaba totalmente enfocada en mí, no tomaba a apuntes de ningún tipo, pero tenía la capacidad de traer a la conversación frases que yo había dicho al inicio de la sesión, se veía tranquila y hasta fluía con la ansiedad que yo comenzaba a manifestar.

No recuerdo en este momento cual fue el tema, ni como se condujo la conversación, lo que si me acuerdo es de los descubrimientos que al final del proceso me llevé y como en esa primera sesión, mi coach me sacaba de la comodidad que yo sentía al tratar de manejar la sesión, como si se propusiera – tal vez si – llevarme la contraria y preguntarme por situaciones que no respondían a la estructura que yo llevaba preparada.

En suma, me desacomodó física y emocionalmente. Yo me sentí confundida y así se lo dije: “Esto no tiene una estructura lógica” y fue ahí cuando me dijo algo que no olvidaría: “la conversación de coaching es caótica, no la puedes dirigir, es algo que vamos construyendo y en donde se van dando giros de una forma y de otra, para que ocurra lo que tiene que ocurrir”.

Comencé a salir de mi rigidez inicial y a ver otras vertientes de mi misma que antes no había contemplado, fue un darme cuenta de esas actitudes mías que me abrían o me cerraban oportunidades y como algunas formas de ser en lugar de acercarme, me estaban alejando de mis objetivos. Claro, no fue instantáneo, me tomó algo de tiempo procesarlo con todo mi ser, pero cuando llegué a ese “Ajá!”, cada palabra de la conversación con ella tuvo sentido para mi y me llevó a otros descubrimientos de mi propia vida que antes eran solo sombras a las que no les prestaba atención.

Tuve aprendizajes y desmentí algunas creencias mías sobre el coaching en ese día, que ahora es significativo para mí, descubrí que muchas veces cuando hablamos de sentimientos en realidad hablamos de pensamientos y esos sentimientos son un potencial. Que lo que tiene que ver con emociones y con coaching no significa llorar, que la sesión no es mejor si hay lágrimas. Me di cuenta que el coach no soluciona problemas, no te dice que hacer, ni te da “tips” para responder a situaciones, no es lineal, ni te da consejos.

El coaching no se vive desde la mente y los contenidos teóricos, el coaching es una experiencia que se vive con el cuerpo, la mente y el corazón simultáneamente; y las conversaciones no son hilos de diálogos infinitos, son como una danza bajo la lluvia y alrededor de una fogata, que abraza tu ser, lo confronta y lo acoge de manera cariñosa.

“OK, esto va a ser raro” pensé, y me lancé al caos en espera de que apareciera lo que yo realmente necesitaba. De esta misma manera me entregué en cada sesión y en cada parte de mi proceso de formación, confiada en que ocurriría lo que tenía que ocurrir.

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