Ser mujer

“Este artículo no se trata de desconocer el sufrimiento que como mujeres hemos pasado a lo largo de la historia, pero si pretende sacar a flote eso que como mujeres a veces olvidamos…”

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Muchas veces he escuchado a madres gestantes decir “Ojalá sea un niño, porque las mujeres sufrimos mucho” y quedo desconcertada porque para mí, ser mujer ha significado una experiencia gratificante y de hecho agradezco ser mujer.

Claro, no dejo de lado el hecho de que en muchos contextos ser mujer o engendrar mujeres ha sido visto como una tragedia, en parte por la afianzada cultura patriarcal que promueve la iglesia y en parte por los abusos y discriminaciones que nuestro género ha soportado por muchas generaciones. Abusos que, al visualizarlos hoy, escribiendo esto, me parecen inauditos como me parece inaudito que todavía muchas de nosotras estén subyugadas por situaciones que la vida les ha puesto como retos.

Este artículo no se trata de desconocer el sufrimiento que como mujeres hemos pasado a lo largo de la historia, pero si pretende sacar a flote eso que como mujeres a veces olvidamos.

Sí, he sufrido también, he tenido cólicos, me han roto el corazón, he sido discriminada, me han dicho vulgaridades en la calle mirándome morbosamente y ni que decir de los dolores del parto. Y después de esto siento que ser mujer sigue siendo maravilloso, porque también por ser mujer he desplegado las cualidades necesarias para hacer frente a todas esas situaciones.

Las mujeres somos fuertes, incluso más de lo que nosotras mismas pensamos; desde antigüedad era clara nuestra conexión con lo sagrado y la importancia de nuestra participación en las decisiones de nuestro clan.  Nosotras estamos conectadas con lo sagrado y femenino, con la tierra y la naturaleza, somos cíclicas, tenemos las emociones a la mano, esas mismas por las que nos critican, pero que en realidad nos hacen más sensibles a las necesidades de otros y a las amenazas externas.

Somos capaces de desarrollar fortaleza física y emocional incomparable para proteger a los nuestros y llegar a donde queremos. Somos capaces de reconstruirnos e impulsar a otros a hacerlo. Somos dadoras de vida, no solo por el hecho de poder engendrar y ser madres, sino por ser creadoras y cuidadoras en nuestro propio entorno.

Somos magia, somos energía, elementos, danza, arte, tierra fértil y creatividad … Cada una siente su propia conexión y determina lo que significa ser mujer.

Sin embargo, a veces olvidamos ese significado, dejamos de lado un mundo de posibilidades mil veces más extenso que este listado y nos quedamos con lo que está en nuestra contra. Tal vez es esa incapacidad para ver nuestras posibilidades, la que hace que el abismo entre nuestros sueños como género y nuestras oportunidades de cumplirlos sea más profundo. Porque cuando ignoramos nuestro propio poder femenino, en espera a que las condiciones para ser quienes queremos ser se den, dejamos de ser protagonistas de nuestras vidas.

Nos dejamos en segundo lugar, perdemos nuestra valía como mujeres y comenzamos a buscar nuestro lugar de manera equivocada al querer igualar a los hombres, apartándonos de la sabiduría femenina que por naturaleza nos corresponde.

Mi invitación hoy es a que, si tienes esa visión oscura de lo femenino, comiences a ver esta vida como un gran regalo y una gran oportunidad; si hay algo como mujer que en realidad te mortifica, deja de hacerlo. Muchas veces nos torturamos siendo para otros o respondiendo a estándares que solo complacen a un tercero, en todo tipo de situaciones desde las aparentemente simples como vestirnos de determinada forma hasta tener hijos.

Ser mujer no es un deber ser sino un ser solamente, con todo lo que incluye SER mujer.

Seguir con esa creencia de lo difícil que es ser mujer y trasmitir esa creencia a nuestros hijos e hijas, sigue ubicando a la mujer en una posición de desventaja frente a la vida, sigue haciéndonos víctimas e impidiendo que nos empoderemos de nuestras cualidades y alcances.