Lo que la ira me enseña

“¿Qué iba a hacer entonces? ¿Se trataba acaso de entrar a una terapia para volverme un ser de paz? ¿Para cambiar mi carácter y convertirme en otra?”

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Durante años, muchas personas tuvieron que enfrentarse con la versión más airada de mi misma. Yo era un ser colérico, rabioso y a la vez lleno de buenas intenciones. Me pasaba algo muy particular, y era que entre mejor quería que me salieran las cosas y entre más me esforzaba para que las personas de mi entorno estuvieran bien, más se alejaban de mí. Los seres que más apreciaba en mi vida tomaban distancia y en ocasiones evitaban decirme la verdad o simplemente conversar conmigo, ¿Qué pasaba?

 

Si, tenía un carácter fuerte y de alguna forma me defendía a mí misma, diciéndome “yo soy así”, “yo hago todo lo mejor que puedo”, “ellos no entienden que yo solo busco lo mejor” o simplemente “ellos no valoran lo que hago” … y con el tiempo me fui sintiendo cada vez más sola, más triste y más lejos de mi objetivo inicial que era ser feliz y hacer feliz a otros.

Comencé a cuestionar mis reacciones, a preguntarle a mis amigos más cercanos por qué me tenían miedo, a preguntarle a mi pareja de ese entonces porque me ocultaba situaciones que podría haberme contado, o porque a veces se tornaba solamente silencioso. Y con el transcurso de conversaciones, al escuchar lo que me contaban o comenzar a ver las reacciones de las personas cuando interactuaban conmigo, me di cuenta que no sólo era una persona de carácter fuerte, sino que era una persona iracunda.

La ira me llevó a cerrarme, a no querer escuchar al otro, a no poder dar validez de lo que escuchaba a pensar que solo yo tenía la razón o solo yo podía hacer las cosas bien. Cuando algo no funcionaba o no salía bien, se desataban en mi conductas físicas y verbales que solo buscaban herir, era una ira abrazadora en donde al final del incendio solo me quedaba el arrepentimiento.

¿Qué iba a hacer entonces? ¿Se trataba acaso de entrar a una terapia para volverme un ser de paz? ¿Para cambiar mi carácter y convertirme en otra?

Conviví mucho tiempo más con mi ira y cuando comencé a perder lo que era importante para mí, me di cuenta que tenía que hacer algo, algo contundente. Fue justo ahí cuando comencé un camino de talleres, danza, meditación, coaching que hacen parte de otras historias.

En ese camino de aprendizajes, me di cuenta lo que la ira tenía que decirme, que muchas veces aparecía y aparece cuando hay algo de mí misma o de mi vida que no me gusta, no me satisface o no me hace feliz. Que detrás de cada pelea había algo de verdad que estando “tranquila” no podía ver o enfrentar.

Me di cuenta que esa misma ira que llegué a odiar, también me impulsó a alzar la voz cuando veía injusticias, a ser competitiva, a romper mis propios límites y poner límites a otros; me permitió encontrar la verdad y ver claramente el panorama en mis relaciones, la ira me permitió ser creativa poner en el mundo real lo que cruzaba por mi mente.

Comencé a ver y sentir un cambio de actitud hacia mí en las personas que me rodeaban, se mostraban más cercanas, más amorosas y más humanas. El sentimiento de culpa se transformó en un conocerme mejor y amar mi forma de ser, entendí que no tengo que dejar ser yo, ni que mi ira tiene que extinguirse porque ella también trae sabiduría y no es una emoción mala como solemos decir a aquello que no nos gusta enfrentar.

Aprendí que hay diferentes formas de escucharme y de actuar, de generar vínculos y de hacer lo mejor por y para otros. Aprendí que la ira tiene voz propia y es una voz hermosa que me hace ser quien soy, y más que una explosión abrazadora es la fuerza que me impulsa a cambiar lo que necesito cambiar en mi vida.